En este mundo moderno y acelerado que actualmente vivimos, las personas hemos aprendido a superar muchos apuros o dificultades. Uno ellos es el embarazo y el nacimiento de un hijo, quizás una de las pruebas mas difíciles de atravesar por todo lo que implica ser padres, pero también la más maravillosa experiencia y prueba de amor.
Generalmente, ante estas situaciones de cambio, lo primero que perdemos es nuestra capacidad de pensarnos a nosotros mismos, porque nos centramos demasiado en lo que pasa “fuera” de nosotros. Solemos desviarnos de la meta y no podemos trazar el camino para llegar a ella.
En la vida cotidiana encontramos muchos ejemplos en los cuales se percibe el desplazamiento de la atención hacia cuestiones menos “centrales” que la llegada del nuevo integrante de la familia.
Pensemos solamente en las ocasiones en las cuales hemos oído a padres excesivamente preocupados por la habitación del bebé. O por el contrario: padres que se mudan a una nueva vivienda una semana antes de la fecha probable de parto. Ambos ejemplos nos muestran lo distraídos que podemos llegar a estar en trámites que hacen que nos olvidemos de vivir el proceso del embarazo. Esto constituye lo que se puede llamar “desvío del camino” hacia la comprensión del rol de padres.
Es la vida moderna lo que contribuye a este alejamiento de los verdaderos valores de la maternidad y la paternidad. Pensemos sino en la edad a la que esta etapa de la vida se concreta.
Hace 40 o 50 años las mujeres comenzaban su maternidad a edades más tempranas, generalmente a los 16 ó 17 años. La mujer no tenía esa confusión entre ser madre y ser mujer impuesta por la sociedad contemporánea y si las cosas no funcionaban, de todos modos las mujeres estaban en su casa, tenían tiempo y podían dedicarse a tener más hijos. Hoy la tendencia es una maternidad más tardía, cercana a los 30 años de edad, y a pesar de los avances tecnológicos la mujer cuenta con menos oportunidades para realizarse como madre. Esto no se debe exclusivamente a la influencia del aspecto biológico sino también a la falta de tiempo que generan las obligaciones laborales, la vida social, etc.
La mujer que antes se quedaba cien por cien de su tiempo en casa y no trabajaba fuera de ella fue reemplazada por una nueva generación que maneja incontables variables simultáneamente. Y cuando la maternidad llega, a esta mujer se le hace difícil encontrar un momento para leer sobre el tema, hacer un curso, dedicarse tiempo a ella misma y al momento que vive.
De la misma manera, también se ha modificado el rol del hombre y sus necesidades frente a la paternidad. El hombre de hoy es más participativo, quiere ser incluido, pero tampoco tiene mucho tiempo, por lo que necesita hacer muy productivos los escasos momentos de los que dispone.
Podemos sintetizar lo expuesto retomando el concepto de “crisis vital”. Como se sostuvo anteriormente, el embarazo y la llegada de un hijo constituyen uno de los cambios más importantes en la vida de las personas. Y cambio, no significa algo negativo, a pesar de que su magnitud muchas veces “nuble” la capacidad de pensar tan claramente como cuando éramos sólo dos personas con un proyecto compartido.
Si logramos no perder esta capacidad y reflexionamos acerca de lo que nos pasa, alcanzaremos una maternidad y paternidad plenas, con conciencia y responsabilidad. Así, en ese camino de reflexión vamos a ir encontrando las formas de desarrollar los roles de madre y padre que están dentro de nuestras posibilidades. Porque de lo que se trata en definitiva es de que cada mujer y cada hombre pueda encontrar su propio modelo de madre y de padre, no el que le impone la sociedad, los amigos o la familia. De ahí, la importancia de vivir el embarazo con conciencia y recurriendo al potencial de cada uno. De ahí la necesidad de encontrar un espacio donde los futuros padres puedan preguntarse qué quieren, qué hay en las experiencias que comenzarán a vivir, y fundamentalmente, sentir QUE SE PUEDE, a partir de este hecho trascendental en la vida de todos.
|